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Literatura

El Lienzo de Tlapalli

RevarteColectiva · January 12, 2023 ·

por Leticia Roa Nixion

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Leticia Roa Nixon

Una vez hace mucho, pero mucho tiempo, el cielo era de color negro obsidiana. No había nubes ni la claridad generada por los rayos del sol.

Un día la joven Tlapalli,que amaba los colores, se encaminó a ver al emperador de la Gran Tenochtitlan.

–Con el debido respeto,empezó diciendo, no es posible tener un cielo tan oscuro donde solo las estrellas brillen. ¡A ese enorme espacio le falta luz y color!, exclamó con emoción incontenible.

Ometecuhtli la miró un poco divertido por usar un tono tan alto de voz en su presencia.  La recordó de niña cuando le pedía, con ese mismo tono, dejarla ir a donde se reunían los tlacuillos para que la enseñarán a dibujar los códices que a través de dibujos transmitían la historia de los pueblos creados hace miles de años.

–Tlapalli, mi querida hija, entonces qué sugieres que hagamos, le preguntó con paciencia.

– Propongo que todos los días me permitas usar el cielo como lienzo para tener variedad de tonos anaranjados, violetas, azules y rosas. Pintar nubes de diferentes formas y colorear los arcoiris que aparecerán en el cielo, explicó a su padre.

– Mmmhh. Me gustaría ver algunos de esos dibujos mañana y así consultar con el Concilio Supremo.

El rostro de Tlalpalli se iluminó con gran alegría al escuchar las palabras de su padre. Se despidió con gran solemnidad como era debido para demostrar respeto al máximo gobernante. Al salir del palacio, corrió al mercado de la Gran Tenochtitlan donde estaban los  vendedores de los colores.

Les contó su proyecto de pintar el cielo de xiuhuitl (azul) tlatlauhqui (rojo), matlaxochitl (violeta), xiuhtic(turquesado)  iztac(blanco), xochipalli(rosa) y zacatazcalli (amarillo) todos los días.

Compró con granos de cacao, que era la moneda,  los colores que necesitaba y el papel amate. Acompañada de sus doncellas regresó a su recinto en el palacio de su padre Ometecuhtli. Una vez en su cuarto, Tlapalli comenzó a dibujar el cielo al amanecer, luego durante el día y al final el atardecer usando la gran variedad de tonos que harían del cielo una pintura celestial.

Trabajó toda la tarde y la noche para tener listo “El Lienzo de Tapalli” para presentarlo a los  distinguidos invitados de su padre.

Ometecuhtli había convocado la reunión en su palacio real con sus bellas habitaciones, patios y jardines.

Recibió a cada uno de ellos y con un movimiento de su bastón de mando les indicó su asiento de acuerdo a su jerarquía. 

Tlalpalli estaba parada al lado de su padre sujetando nerviosamente sus rollos de papel amate con sus manos. A una señal de Ometecuhtili, la joven princesa caminó al centro del salón  donde sus doncellas extendieron y sostuvieron sus dibujos para que todos pudieran verlos.

La primera en hablar fue “La Serpiente de las Aguas Celestiales” quien tras mirar el lienzo con detenimiento, siseó su pregunta.

–Tlapalli, ¿qué pasará con tus bellos colores cuando haya una fuerte tormenta tiñiendo el cielo de negro y grises oscuros? Y continuó con firmeza diciendo que el cielo cambia durante la temporada de lluvias. Como regidora de las aguas celestiales quería estar segura que el cielo no fuera tan colorido.

–Venerable Serpiente las Aguas Celestiales, en ese caso mi lienzo también incluirá los colores de acuerdo a los cambios del clima que suceden a diario. Acepto con humildad sus recomendaciones.

Sentados junto a Tlaloc estaban los Cuatro Tlaloques que ayudaban a su señor a distribuir  la lluvia sobre la tierra,  portando  grandes vasijas llenas de agua que rompen a palos para derramarla sobre la tierra provocando lluvias y el sonido de los relámpagos. 

–Nosotros te avisaremos cuando sea el tiempo de vertir el agua para que tengas tiempo de pintar un cielo oscuro, de tonos grises mezclando el color negro con el blanco, le ofrecieron a Tlapalli.

–Venerables Tlaloques, su ofrecimiento será de gran ayuda para estar lista con mi paleta de tonalidades días antes de las tormentas.

Xochiquetzal, protectora de los tlacuilos, fue la siguiente en hablar.

–Hija del gran Ometecuhtli que te he visto crecer aprendiendo de los tlacuilos, los que escriben pintando los códices, te ofrezco sugerencias de colores para tu lienzo. El color negro tlilli, creado por humo de astilla de pino. La grana cochinilla, insecto parásito del nopal, para el color rojo y las flores matlaxochitl que brindan el color turquesa intenso llamado texotli.

También enviaré desde las costas de Oaxaca los caracoles púrpura cuyo tinte te servirá para matizar tu lienzo con ese color durante las puestas del sol, antes de que oscurezca.

El señor del gremio de los tlacuilos también brindó su ayuda.

– PrincesaTlapalli, cuentas con nosotros para ayudarte a dibujar las nubes en sus diversas formas y ayudar a pintar los atardeceres que diseñes. 

Al ver el apoyo que el Concilio Supremo le estaba brindando a su amada hija, Ometecuhtli habló. 

–A partir de hoy haré traer todos los días los materiales que necesiten los preparadores de colores para que el cielo tenga el colorido diferente que tanto anhelas.

Al día siguiente, con la ayuda de los tlacuilos, de los artesanos y los astrónomos el Lienzo de Tlapalli cubrió la bóveda celeste para el deleite de los habitantes de este planeta Tlalli, la Tierra. Desde entonces disfrutamos de amaneceres y atardeceres creados por el pincel de la princesa Tlapalli que ama la gama de colores que ofrece la naturaleza.


English Version:

Once, a long, long time ago, the sky was obsidian black. There were no clouds nor the brightness generated by the sun’s rays.

One day, the young Tlapalli, who loved colors, set out to see the emperor of the Great Tenochtitlan.

“With due respect,” she began, “it is not possible to have such a dark sky where only the stars shine. This enormous space lacks light and color!” she exclaimed with uncontrollable emotion.

Ometecuhtli looked at her, slightly amused by her high tone of voice in his presence. He remembered her as a child, asking in that same tone to be allowed to join the tlacuilos, so they could teach her to draw the codices that conveyed the history of the peoples created thousands of years ago through drawings.

“Tlapalli, my dear daughter, then what do you suggest we do?” he asked patiently.

“I propose that every day you allow me to use the sky as a canvas to have a variety of orange, violet, blue, and pink tones. To paint clouds of different shapes and color the rainbows that will appear in the sky,” she explained to her father.

“Mmmhh. I would like to see some of those drawings tomorrow and then consult with the Supreme Council.”

Tlalpalli’s face lit up with great joy upon hearing her father’s words. She bid farewell with great solemnity, as was proper to show respect to the supreme ruler. Upon leaving the palace, she hurried to the market of the Great Tenochtitlan where the color sellers were.

She told them about her project to paint the sky xiuhuitl (blue), tlatlauhqui (red), matlaxochitl (violet), xiuhtic (turquoise), iztac (white), xochipalli (pink), and zacatazcalli (yellow) every day.

She bought with cacao beans, which was the currency, the colors she needed and the amate paper. Accompanied by her maidens, she returned to her quarters in the palace of her father Ometecuhtli. Once in her room, Tlapalli began to draw the sky at dawn, then during the day, and finally at sunset using the wide variety of tones that would make the sky a celestial painting.

She worked all afternoon and night to have “The Canvas of Tlapalli” ready to present to her father’s distinguished guests.

Ometecuhtli had convened the meeting in his royal palace with its beautiful rooms, patios, and gardens.

He greeted each of them and with a movement of his staff indicated their seat according to their hierarchy.

Tlalpalli stood next to her father, nervously holding her rolls of amate paper in her hands. At a sign from Ometecuhtili, the young princess walked to the center of the room where her maidens spread out and held up her drawings for all to see.

The first to speak was “The Serpent of the Celestial Waters” who, after carefully looking at the canvas, hissed her question.

“Tlapalli, what will happen to your beautiful colors when there is a strong storm turning the sky black and dark gray?” And she continued firmly saying that the sky changes during the rainy season. As the regent of the celestial waters, she wanted to make sure that the sky was not too colorful.

“Venerable Serpent of the Celestial Waters, in that case, my canvas will also include colors according to the daily weather changes. I humbly accept your recommendations.”

Seated next to Tlaloc were the Four Tlaloques who helped their lord distribute the rain over the earth, carrying large vessels filled with water that they break with sticks to pour it over the earth, causing rains and the sound of thunder.

“We will notify you when it is time to pour the water so that you have time to paint a dark sky, with gray tones mixing black with white,” they offered Tlapalli.

“Venerable Tlaloques, your offer will be of great help to be ready with my palette of shades days before the storms.”

Xochiquetzal, protector of the tlacuilos, was the next to speak.

“Daughter of the great Ometecuhtli whom I have seen grow up learning from the tlacuilos, those who write by painting the codices, I offer you suggestions of colors for your canvas. The black color tlilli, created by smoke from pine splinters. The cochineal insect, a parasite of the cactus, for the red color and the matlaxochitl flowers that provide the intense turquoise color called texotli.

I will also send from the coasts of Oaxaca the purple snails whose dye will serve you to shade your canvas with that color during sunsets, before it darkens.

The lord of the tlacuilo guild also offered his help.

“Princess Tlapalli, you have us to help you draw the clouds in their various shapes and help paint the sunsets you design.”

Seeing the support the Supreme Council was giving his beloved daughter, Ometecuhtli spoke.

“From today, I will bring every day the materials that the color preparers need so that the sky has the different coloring you so desire.”

The next day, with the help of the tlacuilos, artisans, and astronomers, the Canvas of Tlapalli covered the celestial vault to the delight of the inhabitants of this planet Tlalli, the Earth. Since then, we enjoy sunrises and sunsets created by the brush of Princess Tlapalli who loves the range of colors offered by nature.

Glosario

La Gran Tenochtitlan- la ciudad que fundaron los aztecas en 1345 en medio del Lago de Texcoco y hoy es conocida como la ciudad de México.

Nahuatl- es un idioma uto azteca que se habla en México y Centroamérica. 

Ometecuhtli– palabra nahuatl que significa el Señor de la Dualidad o el Señor de la Vida.

Tlacuilos- eran hombres y mujeres que sobresalían en el dibujo y eran entrenados en el idioma. Tlacuilo es el que escribe pintando.

Tlalli- palabra nahuatl que significa Tierra.

Tlaloc- deidad azteca de la lluvia.

Tlaloques- en la mitología mexica, eran quienes ayudaban a Tlaloc en la difícil tarea de distribuir la lluvia sobre la tierra.

Tlapalli- palabra nahuatl que significa color.

    Leticia Roa Nixon

    Leticia Nixon, nacida en la Ciudad de México, cursó la carrera de comunicación en la Universidad Iberoamericana. Desde 1992 se dedica al periodismo comunitario de Filadelfia. Es autora de seis libros y video productora de PhillyCAM. Escribe para philatinos.com y reside en Swarthmore, Pa.

    Leticia Nixon, born in Mexico City, studied communications at the Universidad Iberoamericana. Since 1992 she has been dedicated to community journalism in Philadelphia. She is the author of six books and video producer for PhillyCAM. She writes for philatinos.com and lives in Swarthmore, Pa.

    Selected Works by Leticia Nixon:
    Cuando los Tejidos Hablan (When Fabrics Speak)
    Berenice, La Danzante Azteca (Berenice, The Aztec Dancer)
    Huracán Corazón Del Cielo (Huracán, Heart of the Sky)

      La Máquina De Coser De Mamá (I)

      RevarteColectiva · January 12, 2023 ·

      por Rosalba Esquivel Cote

      “Esta historia está dedicada a mi mamá y a todas las mujeres, madres, amas de casa, trabajadoras, creativas, e incansables seres dispuestas a luchar por amor, y encontrar una solución aun cuando otros piensen que ya no hay que solucionar”

      1. Introducción

      ¡Paaaz! Un sonido fuerte y seco se dejó escuchar en aquella habitación, cuando su puño impactó el mueble de su máquina de coser.

      Kate era una madre que se mostraba como una mujer de mediana edad, delgada, pero de fuerte complexión, de cabellos finos, castaños con una permanente que le cubría hasta su nuca. Ella se encontraba sentada de frente a su máquina de coser, la cual golpeó para luego llevarse las manos a la cara como buscando ocultar su frustración frente a su hija Rose, una niña de 10 años que la veía con preocupación desde un pequeño banquito de madera donde se encontraba sentada pegando botones a una blusita de muñeca.

      Su hija era la primogénita, una niña chiquita, flaquita, de tez blanca, cachetona y con cabellos “pelos de elote” como le decía su mamá. Se caracterizaba por ser muy sensible, pensativa, de carácter tranquilo y aparentemente débil. Cuando no estaba haciendo tareas de la casa o de la escuela, pasaba la mayor parte del tiempo dibujando o leyendo viejos libros de cuando su padre iba a la escuela. Ella era la más apegada a su mamá, a quien la obedecía en todo y trataba de ayudarla en todo lo que podía.

      Con sus ojitos tristes, la niña miró como las manos de su mamá recorrían con fuerza su cara, su frente, por arriba de su cabeza y hasta la nuca. Observó como Kate apoyó los codos sobre el mismo mueble, con sus manos por detrás del cuello y su mirada hacia abajo. La madre se veía derrotada. No sabía qué hacer. ¿Se habría dado por vencida?

      Ella se encontraba en casa, trabajando en aquella vieja máquina de coser que le había regalado su mamá para tener una fuente de dinero extra, pero esa noche, la máquina de coser había dejado de funcionar, las ruedas y las agujas se movían, pero los hilos no se insertaban en la tela.

      Desde hace tres años, Kate trabajaba confeccionando vestiditos de muñeca para Doña Jovita, una mujer alta y flaca de 50 años, que aparentaba mayor edad por la cantidad de canas, y arrugas que mostraba; amable pero exigente con sus maquiladores. Esta mujer y su esposo tenían una fábrica de muñecas, llamada “Muñecas La Lupita”, preciosas muñecas fabricadas con plástico de vinil, huecas, suavecitas. 

      Cabeza, torso, brazos y piernas se ensamblaban manualmente. El cabello era diferente en cada modelo, podía ser largo o corto, con trenzas o suelto, rubio, castaño o negro. La carita era muy dulce, con ojos grandes, pestañas largas y espesas, y una boquita que asemejaba un corazón escarlata. Las “Lupitas” median 30 cm de alto y de complexión gruesa, nada que ver con las flacas llamadas Barbies.

      Recientemente, el matrimonio empresario había logrado un jugoso contrato con una importante juguetería gringa transnacional para vender mil de sus muñecas, que se distinguían por vestir trajes típicos mexicanos, de los cuales Kate confeccionaba la vestimenta más popular del estado de Veracruz: “La Veracruzana”, que constaba de una falda circular, rematada con fruncidos holanes. La blusa, aunque era sencilla, mostraba un bello holán triangular que caía desde el cuello. Todo elaborado con fina organza blanca, adornado con un babero corto de satín negro bellamente bordado con un ramo de claveles rojos.

      Kate había trabajado en ellos toda la semana, pero no pudo avanzar mucho debido a que, en esa semana su pequeño hijo Rodri de cuatro años, y quien padecía de bronconeumonía, había tenido otro ataque de asma, y habían tenido que llevarlo al hospital, para luego atenderlo en casa con muchos cuidados.

      Las muñecas que representaban los 32 estados de la República Mexicana tenían que ser entregadas por la tarde del día siguiente, domingo, a Don Gary, dueño de la juguetería. Así que Kate tenía que entregar sí o sí ese pedido tan importante de vestiditos. Ella era parte sustancial de aquel equipo de trabajo del cual dependía no solo de que el negocio tuviera éxito, sino de que ella mantuviera su fuente de trabajo, tener dinero para los gastos de esa semana, y sobre todo para cumplir con una promesa y hacer realidad la ilusión de su pequeño hijo Rodri.

      Ante tal emergencia, la madre esperaba con ansia a que Jorch, su esposo, regresara muy pronto del trabajo y le ayudara a arreglar la máquina de coser, y así seguir cosiendo los vestiditos de muñeca; sin embargo, no imaginaba lo que estaba por pasar; Doña Rebe, su vecina, tocó a la puerta para darle un mensaje que la dejaría fría.

      Por aquella época el teléfono en casa era un lujo que por el momento la familia no se podía dar, así que Doña Rebe, quien sí tenía teléfono pasaba los recados no solo a ellos sino a otras familias del vecindario, eso sí, siempre y cuando no fuera muy tarde. A cambio la vecina recibía 5 o 10 pesos en “agradecimiento” por el favor.

      El mensaje decía “Kate, surgió un problema en la fábrica, tendré que quedarme a trabajar hasta tarde tal vez toda la noche. Espero llegar a tiempo para llevar los vestiditos a Doña Jovita”. Kate sintió un golpe en el estómago, dio las gracias a la vecina, cerró la puerta y también los ojos, y se quedó ahí inmóvil por un momento.

      La madre se sintió desprotegida, una serie de preguntas atormentaron su cabeza: “¿Qué habrá pasado en la fábrica?, ¿Jorch estaría bien?, ¿peligraba su empleo?, y ahora, ¿quién me ayudará a arreglar mi máquina?, ¿de verdad llegará a tiempo para entregar los vestiditos?”. Su desesperación fue mayor.

      Kate, sintiendo mucha preocupación entró a la casa lentamente, así como si su cuerpo pesara toneladas y fuera difícil de mover, fue a la recamara donde se encontraba Rodri y su otra hija: Mary; una pequeña de ocho años, que, a diferencia de su hermana, era de tez morena y lucía unas hermosas y largas trenzas de cabello negro brillante, que competían con las espesas pestañas que adornaban sus expresivos y grandes ojos negros. La niña era quien cuidaba de Rodri mientras su mamá cosía. Ambos se encontraban profundamente dormidos. Él se encontraba abrazado a su dinosaurio de trapo, mostrando una leve sonrisa como imaginando ver cumplida su promesa. Una promesa que estaba a punto de romperse y de romperle el corazón.

      Su madre besó a los dos, y se dirigió a la cocina para preparase un café, tal vez después de un buen sorbo calientito se sentiría mejor y podría encontrar una solución ante tal dilema. Cuando llegó a la estufa vio con sorpresa que Mary, había dejado la cocina ordenada, no había traste sucio en el fregadero y la mesa estaba limpia. Eso la hizo esbozar una débil sonrisa de gratitud y ternura. La niña lo había hecho para ayudar a su mamá también, para que tuviera la menor distracción, y así terminar de coser los vestiditos.

      Kate calentó agua en un pocillo de peltre, vació el líquido en un jarro de barro rojo decorado con flores azules y blancas, su favorito, agregó Nescafé y un poco de azúcar. Mezcló con una pequeña cuchara por varios minutos, con la mirada perdida mientras movía y movía. Sólo se escuchaba el trilín trilín del choque de la cuchara con el jarro. Aunque fue un momento de ansiedad y de desesperación, también lo fue de crecimiento y superación. Un momento que reclamó pensar, y también para rezar.Con su café en mano, la madre regresó a la habitación donde se encontraba Rose y la máquina de coser. Aunque la niña se veía cansada, aún seguía muy concentrada pegando botones. La madre se quedó inmóvil un rato, como si su alma se hubiera desprendido de su cuerpo, no parpadeaba, no decía nada. Miraba fijamente el esfuerzo que su hija dejaba en cada zurcido. De pronto, tras ese momento de profunda reflexión, y como si hubiera recibido una descarga eléctrica, levantó sus grandes ojos café oscuro y como mirando pasar una película en el aire dijo: “No tengo otra opción”. Con gran determinación, puso su jarro sobre la mesa, se remangó las mangas de su suéter y decidió resolver el problema.

      Rosalba Esquivel Cote

      Rosalba es mujer, mexicana, microbióloga, maestra, aprendiz, y artivista. “¡Deja que tus gritos se lean!”

        La Última Cena (I)

        RevarteColectiva · January 9, 2023 ·

        Foto por Obed Arango

        Por Aura R. Cruz Aburto

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        Maestro es el que te cambia la vida

        Un cuadernito pequeño que cabe en tu bolsillo para que nunca falte donde dibujar. Una camisa sencilla, dispuesta para portar tu metálico portaminas. A pesar del humo, lo recuerdo muy bien: la pequeña “bitácora” era más grafito que celulosa, así de lleno estaba tu librillo, así de pletórica también tu historia. Llena, no de objetos, sino de fuerzas del espacio, del paisaje y de rastros de los encuentros vitales. Era un cuaderno que, una vez abierto, parecía respirar y latir.

        Las pastas de un negro cartoncillo rugoso, sin mayor detalle, desaparecerían consumidas por el calor del horno. El sabor a grafito y el del carbón acabarían mezclados, pero el sabor de tu vida sería imperdible: acabaríamos mutando contigo: parecería que las fuerzas ahí capturadas se infiltrarían a nuestros torrentes sanguíneos. Fue en esa cena tan imprevista cuando me llevé el primer bocado porque, perdóname, ya te habíamos esperado demasiado y “moríamos” de hambre. Lo sabes bien, todo lo que no consume, lo que no se consume, paradójicamente mata y muere.

        Obviamente, el sabor de esa “cochinita pibil” era digno de dioses. Es más: NUNCA, ni en tus mejores fiestas, había saboreado algo tan singular e inolvidable. Tan inolvidable, tan singular como tú mi maestro querido, mi loco maestro.

        Todavía recuerdo muy bien el día que te conocí. Me habían hablado mucho de tí, decían que eras el mejor pero también contaban la cantidad de improperios y groserías que solías proferir. Por ello, a decir verdad, tenía entre miedo, desconfianza y sí, hay que decirlo: fascinación por conocerte. 

        Ese día, enterada de la muerte de mis más queridos profesores de la adolescencia, me sentí huérfana. Hundida en mis cavilaciones tristes, de pronto tu histriónica voz me capturó cuando, en medio de esa sala de museo nos narrabas una historia sorprendente de fuerzas y de experiencia encarnada cristalizadas en el Danteum de Giuseppe Terragni al que nos convocarías a dibujar mientras tú lo hacías con toda vitalidad. En ese momento lo supe, habrías de cambiar mi vida, aunque nunca pensé que pasaría de la manera en que sucedió años después.

        La llamada

        Recuerdo muy bien la llamada convocando a tus discípulos (¿tus favoritos?). No era inusual que nos llamaras, lo normal es que cada tanto lo hicieras y, si estábamos de humor para “abrirnos a lo inesperado” –lo que siempre incluía momentos difíciles y uno que otro insulto– acudiríamos a tu encuentro. Sólo que aquella vez, la razón de tu convocatoria sería completamente inimaginable y, justo por eso, su desenlace también. Quién iba a imaginar que tú, el maestro, y no nada más un profesor, serías despedido de la universidad a la que le habías dado tu vida. Aunque es cierto, siempre con tus excesos, con tu vida que no entendía de límites ni fronteras, y tampoco de eso que convencionalmente llamamos respeto, muchos que no te conocieron podían entenderlo y respaldarlo perfectamente. Pero para nosotros –aquellos a los que habrías (de)formado– sería inconcebible, y justo nosotros, los más (de)formados, seríamos los que iríamos a tu encuentro. Aún así, nunca pensé que terminaría por ser tan inaudito: siempre supe que nos habrías cambiado pero nunca entendí hasta dónde harías llegar tu legado.

        • Buenooo, ¡¿dónde andan… cabronazs?! 

        Jajaja, siempre tan refinado tú querido Master. Aunque hablaras del veintiúnico teléfono público que quedaba en la ciudad y cuyo número obviamente no tendríamos registrado, eras inconfundible: siempre haciéndonos enojar y reír al mismo tiempo. Después de tan “amorosa” entrada, ja, nos contarías inmediatamente que te habían corrido de la universidad. Nosotras, lejos de cualquier ecuanimidad, saltaríamos enojadísimas al saber semejante noticia: ¡¿Cómo era posible?! Sin embargo, alejado de tu habitual tendencia al saboreo del chisme –lo cual nos intrigaría supremamente–, evitarías dar más detalles y nos citarías en esa azotea “mágica” de la Torre que hacía no mucho tiempo Adalberto, el ¡Maesztro K!, habría inaugurado… una obra maestra, por cierto. Para lo que sí te tomarías el tiempo, sería para decirnos que teníamos que ir preparadas, como siempre, para dibujar: no nos podíamos llamar arquitectas sin estar dispuestas a capturar la genialidad del “Maestro K” como se aprende en arquitectura: dibujando, siempre dibujando… iríamos preparadas pues. Lucy, ataviada de colores neutros y elegantes, llevaría una refinada bitácora negra y un bello portaminas color gris plata. Yo, Alba, llevaría una bitácora un poco más grande (siempre me quedaban grandes mis cuadernos tomando en cuenta mi estatura), un portaminas estándar color azul –eso sí, con una mina 8B, porque siempre me ha gustado rayar con fuerza– y una pequeño kit de acuarelas que tenía desde la escuela: nunca me habría adaptado a los imperativos minimalistas monocromáticos de los elegantes y neutros arquitectos. En ese sentido, Lucy, aunque crítica, inteligente y sin duda sensible, siempre había sido más atenta a tus imperativos. Yo, aunque creo tu fan número uno, no soportaba alinearme a esos mandatos cargados de sofistificación y elitismo que, ay querido maestro, cómo te encantaban: ya sabes, eras descendiente de “la casta divina”… ¡payaso!

        La torre rota

        Después de un recorrido en el pesado tránsito de esta ciudad, llegamos a la famosa Torre descendiendo por una supuesta vía rápida que, en esta metrópoli, estaba ya muy lejos de serlo. Al llegar, era inevitable que Lucy y yo recordáramos lo que pasó cuando conocimos al Maestro K, cuando generosamente nos lo presentaste.

        En un día cualquiera de verano, fuimos a comer a uno de tus lugares favoritos: ¡claro, una cantina! ¿dónde más? Para entonces yo ya estaba completamente trastornada por tí querido Master, nunca había conocido a un loco tan vital, nunca alguien con un entusiasmo tan absoluto por vivir. Es cierto que estabas loco, que eras un grosero y que extralimitarte era tu modus vivendi y, hoy en día, que está tan en boga juzgar desde las supuestas superioridades morales, habrías sido, sin duda, despellejado vivo –obvio metafóricamente, porque ¡¿qué ser decente se atrevería a de verdad arrancarte un pedazo de piel?!–  Lo que falta a esta visión actual tan moralizante es captar la fuerza viva que sólo algunos tienen para implicarse en y con la vida: son los que nos enseñan a amarla a pesar de todo. Son los que también ejemplifican lo que es arriesgarse: lanzarse al abismo, no sin miedo, mas dispuestos a encontrar lo imprevisto. Pues ese día, decidiste compartirnos otra de esas fuerzas vitales, al maestro K, el querido y extraño Adalberto. 

        Aquel día, Adalberto llegó con sus ojos siempre exageradamente abiertos, todo vestido de negro. Podría decirse que me imaginé que una sensación similar debía haber provocado Johanes Itten en la afamada escuela Bauhaus: un espécimen extraño, un tanto antisocial pero tremendamente atrayente, especie de mediums de las fuerzas de la vida –ese tipo de personas (genios les llaman) que involuntariamente expresan algo que les excede y que, incluso, a veces ni siquiera comprenden del todo. 

        Ese día la plática discurrió, también las cervezas y los tequilas. Finalmente, recuerdo vagamente que Adalberto reía burlonamente, aunque a la vez enternecido, porque me escuchaba llamarte “Master”… ahí se le ocurrió llamarte “Master… of disaster” –excelente nombre, como aquella canción que aprendí muchos años después “My suitor”. 

        Creo que le caímos bien, nos invitó, no sin que tú lo orillaras, a que trabajáramos para él. Así, unos días después nos presentamos en su oficina y comenzamos a laborar para el que, sin lugar a dudas, era el mejor arquitecto vivo de México. 

        Llegar a la oficina fue completamente alucinante, nunca había presenciado lo sublime hecho obra viva: modelos de plastilina y corrugado, perspectivas fascinantes no trazadas finamente, sino pintadas con toda fuerza, maquetas gigantescas de torres obeliscos… y un gran mapa de la Cuenca del Valle de México rayoneado obsesivamente para volverlo a su ser-lago. Estoy segura que hasta el más ajeno y flemático querría ser arquitecto al presenciar una obra de esa fuerza. Y es que Adalberto no diseña edificios, el espacio está vivo, se mueve, es eso otro que nos mira cuando él lo proyecta. Así es la Torre a la que llegaríamos a cenar el día de tu llamado Master, tanto como esa Torre maqueta que rompimos en el día de nuestro debut en la oficina del Maestro K y que extrañamente, no culminó en nuestro despido. 

        – Pues llegamos Alba, dijo Lucy. Las dos estábamos nerviosas porque todo el camino recordamos la historia de la Torre rota (por nosotras) pensando que ahora iríamos al debut de una nueva Torre pero a escala real: ¡ojalá esta vez no se rompa nada!, pensamos.

        Tocamos el timbre que, por cierto, siempre estaba escondido como si Adalberto anticipara la llegada de los visitantes a los que siempre prefería lejos. Entramos y nos recibió un místico jardín rebosante de vegetación que crecía con desmesura, salvaje como quien le había proyectado. Subimos y poco a poco se nos fue revelando una Torre donde, a pesar de su estructura tan aparentemente sencilla y clara si sólo observásemos los planos –e incluso la maqueta–, ningún piso se parecía corresponder con el siguiente. Tenía un efecto bastante extraño: era como si estuviera viva y se estuviera moviendo: ¡un laberinto en altura!, un verdadero zigurat de aparente geometría discreta. 

        Sin embargo, lo mejor estaría por llegar: esa azotea espacio de la desmesura, el lugar donde se aspira la hierba mala y donde se revela el increíble Bosque de Chapultepec y se abre el cielo. ¡Pinche K!, te extendiste y te hiciste torre aquí: aparente sobriedad, aparente estoicisimo que, en realidad es una fiesta dionisíaca que termina sólo cuando la arquitectura ha desaparecido en favor del paisaje. Habíamos llegado por fin al lugar de la cena.


        English Version:

        The Last Supper (I)

        by Aura R. Cruz Aburto

        A Teacher is the One Who Changes Your Life.

        A small notebook that fits in your pocket so you can always have a place to draw. A simple shirt, ready to carry your metallic mechanical pencil. Despite the smoke, I remember it well: the little “logbook” was more graphite than cellulose, that’s how full your booklet was, that’s how full your story was too. Full, not of objects, but of forces of space, landscape, and traces of vital encounters. It was a notebook that, once opened, seemed to breathe and beat.

        The covers, made of rough black cardboard with no significant detail, would disappear, consumed by the heat of the oven. The taste of graphite and charcoal would end up mixed, but the flavor of your life would be unmistakable: we would end up mutating with you: it seemed that the forces captured there would infiltrate our bloodstreams. It was at that unexpected dinner when I took the first bite because, forgive me, we had waited too long for you and we were “dying” of hunger. You know well, everything that does not consume, what is not consumed, paradoxically kills and dies.

        Obviously, the taste of that “cochinita pibil” was worthy of gods. Moreover: NEVER, not even at your best parties, had I tasted something so unique and unforgettable. As unforgettable, as unique as you, my dear teacher, my crazy teacher.

        I still remember very well the day I met you. I had heard a lot about you, they said you were the best, but they also talked about the amount of profanities and rudeness you used to utter. Therefore, truth be told, I was between fear, distrust, and yes, I must say it: fascination to meet you.

        That day, informed of the death of my most beloved adolescent teachers, I felt orphaned. Sunk in my sad musings, suddenly your histrionic voice captured me when, in the middle of that museum hall, you narrated an astonishing story of forces and embodied experience crystallized in Giuseppe Terragni’s Danteum, which you would invite us to draw while you did it with all vitality. At that moment, I knew you would change my life, although I never thought it would happen the way it did years later.

        The Call

        I remember very well the call summoning your disciples (your favorites?). It wasn’t unusual for you to call us, it was normal that you would do it every so often, and if we were in the mood to “open ourselves to the unexpected” –which always included difficult moments and an insult or two– we would go to your meeting. Only that time, the reason for your summons would be completely unimaginable and, just for that, its outcome too. Who would have imagined that you, the teacher, and not just a professor, would be dismissed from the university to which you had given your life? Although it’s true, always with your excesses, with your life that knew no limits or borders, and also not what we conventionally call respect, many who didn’t know you could understand and perfectly support it. But for us –those whom you had (de)formed– it would be inconceivable, and precisely we, the most (de)formed, would be the ones who would go to your meeting. Even so, I never thought it would end up being so unheard of: I always knew you would have changed us but never understood how far your legacy would reach.

        Well, where are you… bastards?!

        Hahaha, always so refined you dear Master. Even if you talked about the only public phone left in the city and whose number we obviously wouldn’t have registered, you were unmistakable: always making us angry and laugh at the same time. After such a “loving” entry, ha, you would immediately tell us that you had been kicked out of the university. We, far from any equanimity, would jump up furiously upon hearing such news: How was it possible?! However, far from your usual tendency to savor gossip –which would supremely intrigue us–, you would avoid giving more details and would summon us to that “magical” rooftop of the Tower that not long ago Adalberto, Maesztro K!, had inaugurated… a masterpiece, by the way. What you would take the time for, would be to tell us that we had to go prepared, as always, to draw: we could not call ourselves architects without being ready to capture the genius of “Maestro K” as one learns in architecture: drawing, always drawing… we would go prepared then. Lucy, dressed in neutral and elegant colors, would carry a refined black logbook and a beautiful silver-gray mechanical pencil. I, Alba, would carry a slightly larger logbook (my notebooks were always too big considering my height), a standard blue mechanical pencil –yes, with an 8B lead, because I always liked to draw with force– and a small watercolor kit I had since school: I had never adapted to the monochromatic minimalist imperatives of the elegant and neutral architects. In that sense, Lucy, although critical, intelligent, and undoubtedly sensitive, had always been more attentive to your imperatives. I, although I think your number one fan, couldn’t stand aligning myself with those mandates loaded with sophistication and elitism that, oh dear teacher, you loved so much: you know, you were a descendant of “the divine caste”… clown!

        The Broken Tower

        After navigating through the heavy traffic of this city, we arrived at the famous Tower, descending along a supposed expressway that, in this metropolis, was far from being one. Upon arrival, it was inevitable for Lucy and me to recall what happened when we first met Maestro K, when you generously introduced us to him.

        On an ordinary summer day, we went to one of your favorite places: of course, a cantina! Where else? By then, I was completely mesmerized by you, dear Master. I had never met someone so vitally insane, someone with such absolute enthusiasm for life. It’s true, you were crazy, rude, and overstepping bounds was your modus vivendi. Nowadays, with judging from supposed moral high grounds being so fashionable, you would have undoubtedly been metaphorically skinned alive—who in their right mind would dare to actually tear off a piece of your skin? What’s missing in today’s moralizing view is the recognition of the vital force that only some have to engage in and with life: those who teach us to love it despite everything. Those who also exemplify what it means to take risks: to leap into the abyss, not without fear, but ready to encounter the unexpected. That day, you decided to share another of these vital forces with us, Maestro K, the beloved and strange Adalberto.

        That day, Adalberto arrived with his eyes always exaggeratedly open, dressed all in black. I imagined he must have provoked a similar sensation to Johanes Itten at the famous Bauhaus school: a strange, somewhat antisocial but tremendously attractive specimen, kind of mediums of life forces—those people (geniuses, they call them) who involuntarily express something that exceeds them and which, sometimes, they don’t even fully understand.

        That day the conversation flowed, along with the beers and tequilas. Eventually, I vaguely remember Adalberto laughing mockingly, yet tenderly, because he heard me calling you “Master”… then it occurred to him to call you “Master… of disaster”—an excellent name, like that song I learned many years later, “My suitor.”

        I think we made a good impression on him. He invited us, not without your prompting, to work for him. So, a few days later, we showed up at his office and began to work for the man who, undoubtedly, was the best living architect in Mexico.

        Arriving at the office was completely mind-blowing; I had never witnessed the sublime made into living work: models of plasticine and corrugated material, fascinating perspectives not finely drawn but painted with great force, gigantic models of obelisk towers… and a huge map of the Mexico Valley Basin obsessively scribbled on to return it to its lake-being. I’m sure that even the most detached and phlegmatic person would want to be an architect upon witnessing such a work. Adalberto doesn’t design buildings; the space is alive, it moves, it’s that other thing that looks back at us when he projects it. That is the Tower we would arrive at for dinner the day of your call, Master, just like that model Tower we broke on our debut day at Maestro K’s office and which, strangely, did not result in our dismissal.

        “Well, we’ve arrived, Alba,” said Lucy. We were both nervous because all the way we remembered the story of the broken Tower (by us), thinking that now we would go to the debut of a new Tower but on a real scale: “hopefully nothing breaks this time!” we thought.

        We rang the bell, which, by the way, was always hidden as if Adalberto anticipated the arrival of visitors he always preferred to keep at a distance. We entered and were greeted by a mystical garden overflowing with vegetation that grew wildly, as untamed as the one who had designed it. We climbed up and little by little a Tower was revealed to us where, despite its seemingly simple and clear structure if one only observed the plans—and even the model—no floor seemed to correspond to the next. It had a rather strange effect: it was as if it were alive and moving: a labyrinth in height, a true ziggurat of seemingly discreet geometry.

        However, the best was yet to come: that rooftop space of excess, the place where one inhales the bad weed and where the incredible Chapultepec Forest is revealed and the sky opens up. Damn K! You extended yourself and became a tower here: apparent sobriety, apparent stoicism that, in reality, is a Dionysian feast that ends only when the architecture has disappeared in favor of the landscape. We had finally arrived at the place of the dinner.

        Aura R. Cruz Aburto

        Aura es filósofa mexicana, latinoamericana orgullosa, es también artista espacial, textil y visual que busca dar de cuando en cuando con “la frágil unidad poética”. Profesora de la Universidad Nacional Autónoma de México, Tec de Monterrey e investigadora independiente.

        Aura is a proud Mexican and Latin American philosopher. She is also a spatial, textile, and visual artist who occasionally seeks to find “the fragile poetic unity.” She is a professor at the National Autonomous University of Mexico, Tec de Monterrey, and an independent researcher.

        Selected Works by Aura R. Cruz Aburto:
        La Última Cena (II)

          EVA (I)

          RevarteColectiva · January 9, 2023 ·

          La Muñequita y Sus Vivencias

          por Lourdes Flores

          Click here for English version

          Foto por Obed Arango, “Desde la ventana”.

          En un día común una mujer de 40 años realiza una llamada a su madre, y le insiste que busque unos documentos muy importantes, sin saber, ni pensar que, lo que encontraría sería el más grande tesoro de su niñez.

          La madre le cuenta a su hija con voz entrecortada que ha encontrado algo y que se ve muy interesante. –He buscado por muchos lados entre muchas cosas me he sentido tan preocupada porque siento que he  perdido lo que me pides, pero tengo algo en mis manos es una mochila y ¿sabes que hay?, un cofre con candado y en la mochila está la llave, ya lo abrí y hay muchas hojas con letras, tu madre que es una mujer que no sabe leer, ¡no se que dicen!–.

          La madre insistió en decir — no se que hay en esas hojas llenas de letras–, la mujer pensó y le vino a su mente que ese tesoro era un cofre que ella guardó para así dejar guardado todo lo que ella escribió en su adolescencia, y con sentimientos encontrados suspiró y rió, y le dijo a su madre, — quiero que me guardes esos papeles y me los  mandes para así poder seguir escribiendo la historia de mi vida–.

          Las memorias vienen; ella recuerda cuando nació el hermano, nació en los tiempos más bonitos de esa niña, esa niña que se transforma en madre para cuidar a ese pequeño y  aprende a amar y a abrazar con esos brazos delgaditos, suspiró al pensar que ese niño ahora ya es todo un hombre; en ese tiempo ella dejó su niñez, fue en esa etapa de su vida en que ella dejó los juguetes y el correr detrás de una pelota con sus vecinos, de jugar a las escondidas, de jugar a las canicas su juego favorito, aun así, ella está satisfecha con lo vivido. La vida le dio un cambio de 360 grados porque salió a trabajar a ganar dinero, lo suficiente para así no tener que pedir fiado, con tan solo poder ver a su hermano ir a la escuela, tans solo para ella eso era lo más importante. Ella se sentía con obligación, por ser la mayor, se sentía con responsabilidades que no le correspondían, ahora ella lo ve de esa manera. La vida es injusta, con rabia ve lo difícil que debió haber sido para ella enfrentar ser sirvienta o niñera a esa edad.

          La circunstancia de la vida era dura, aun así, nunca dejó de sonreír y hacer cosas para ella como aprender a escribir a máquina, le encantaba escuchar las teclas, soñaba con ser secretaria quería estar en un escritorio, soñaba con seguir estudiando, le encantaba aprender, en ese trabajo le enseñaron modales. Claro, ahí había un general militar retirado .

          Aprendió a leer el periodico todos los días cómo agarrar los cubiertos, aprendió a usar la cortadora de madera a cepillarla y subirla a un camión llamado simón, ahí se llevaba la madera a los hogares de los clientes, ahora pienso y me da risa porque por eso quede chaparrita por cargar a niños y madera a tan corta edad.

          Este  general tuvo un  papel importante en la vida de esa niña, aun así a ella él le daba miedo, ella sentía un acercamiento de su parte que por instantes se sintió acosada y como era niña, no sabía lo que pasaba a esa edad, solo sabía que obedecer era lo mejor.

          La niña hacia mucho porque ayudaba a Elías, él era el cartero del pueblo y solo él repartía la correspondencia. El cartero, como ella le decía, era tan alto y de piel blanca, entonces hacían un trueque, ella le ayudaba a empacar los sobres y él le enseñaba a cocinar, que por cierto guisaba delicioso. Y ahora a esta edad que tengo, puedo contar a mi hija la historia de donde aprendí a cocinar, pero aun así la jovencita trabajaba como un camello, ella por ganar más dinero hacía cosas extras que no le correspondía, pero ella era amable y así se ganó el cariño de ese general, papa tito, como esa niña le decía. Papá tito le daba dinero extra para que le cortara las canas y ella así veía la tele, que por cierto le ponían las noticias del canal 2, pero como el general se dio cuenta que siempre andaba cantando le compró una grabadora y cuando le dijo puedes poner música los ojitos de la niña se iluminaron porque sentía que le daban privilegios, pero no, no era así, solo era para tenerla trabajando y así él pudiera seguir insistiendo en cosas provocativas. Ya pasó un año, la niña ya sabía mucho más, ya no la engañaba con dinero, no era tan inocente sabía por dónde iba, y cuando la maestra se dio cuenta, le dijo: “papá con ella no, porque se va a ir y los niños quien los va a cuidar”. Cuando la jovencita decidió seguir estudiando le comentó a papa tito y él le dijo, –estudia yo te voy a ayudar–, aun así ella le contaba y platicaba con él, ahora pienso que el papel paternal le hacía falta, Patricia por su parte le dio permiso para trabajar por la mañana y estudiar en la tarde, así que el horario de esa niña era de 6 am., salir de casa y llegar 11pm., así fue su vida en correr y correr para no llegar tarde a sus clases y dejar todo hecho, pero tenía un cómplice y ese era Juan, él le decía: “yo hago la comida y tu lavas, y cuando la  niña se duerme me empacas sobres”,  y así se la pasaba haciendo más y más y más .

          Cuando estaba en preparatoria la joven sintió mucho peso en el trabajo, su familia, los niños, el acoso era demasiado, así que algunas veces prefería dormir ahí con todo lo que implicaba, ella se dio el valor y así aprovechaba hacer tarea y dormir para levantarse más temprano, la joven terminaba más rápido y así podia estudiar. Con eso, ella se ganó el respeto del general, cuando salió con buenos grados él le dijo,–tu puedes llegar a ser mucho en esta vida, solo te falta el apoyo y yo te voy a ayudar sin pedirte nada–, él ya empezaba a sentirse mal porque le dijo, — tu mereces más que mis hijos, y te voy a dejar esta casa y mi dinero, porque me voy a morir, tengo cáncer–. 

          En el transcurso de preparatoria la joven empezó a conocer a muchos amigos y en su mente a divagar cosas más bonitas que era EL AMOR,  mariposas en la panza, es ahí cuando su vida comenzó otro rumbo claro sin dejar de hacer todo lo que conllevaba el trabajo la escuela y ahora su medio limón, ahora puedo decirlo así.

          Su amor lo conoció después de su gran  aventura de trabajo a Morelos  para ser exacto un día 23 de diciembre cuando llegó a casa lo miró y preguntó a sus primas quién es él… una de ellas me dijo es…. y yo me sorprendí al verlo, mi corazón saltaba a mil, había un cambio muy grande desde la última vez de haberlo visto, pues la verdad me impactó, está guapo, claro solo que yo recién llegada pues no quiso hablarme pero al día siguiente la nochebuena fue nuestro primer encuentro y si fue como me lo imaginé, fue a casa y yo nerviosa lo recibí, él muy amable y con esa bella sonrisa me enamoré, me tomó la mano y me dijo –esta noche bailas conmigo–, yo con sonrisa y todo dije, –sí–.

          Desde ese momento cambió todo, me ocupaba de muchas cosas, mi vida era hermosa ¡tenia novio! Iba a la escuela trabajaba y ayudaba en casa empecé a rebelarme para salir a bailar, empecé a arreglarme a pintarme a ponerme bonita para él, pero alguien se enojó y me puso como camote, ese general estaba que echaba chispas porque alguien me espera para ir a la escuela y me veía pasar con él, ósea después del trabajo ya no existía nada, solo ese joven, pero empezó la historia más triste de la vida de la jovencita, durante 2 años estuvieron bien pero su familia decía, –con esa chica pobre andas–, he ahí el tormento de ellos, tenían que esconderse y así duraron por un tiempo ya que su madre de él se lo llevó a otro lugar y la dejó con solo una carta y una flor. La vida de ella cayó al suelo, su amor se había ido, ella dejó de existir, no hubo nadie que la apoyará emocionalmente, dejo de poner atención a la escuela y por primera vez decidió no trabajar, ella puso de pretexto que le dolía la panza, claro era el amor que le dolía, le dolía el corazón y así empezó a dejar todo. Cuando pasaron 3 meses él regreso y se vieron, se fueron al baile y bailaron tanto que fue el último baile de sus vidas, él se fue y ella se enteró que en Tijuana estaban pagando muy bien decidió irse, había dos cosas, una ella no quería estar ahí por más tiempo, eran recuerdos que la mataban, y la otra era la necesidad del dinero, el hermano entraba al kinder y sabía que eran muchos gastos más y decidió emprender vuelo. se despidió de la maestra de papá neto, de Elías y por último de su madre.


          English Version:

          EVA (I): The Little Doll and Her Experiences

          On an ordinary day, a 40-year-old woman called her mother and insisted that she look for some very important documents, without knowing or thinking that what she would find would be the greatest treasure of her childhood. With butterflies in her belly, her life began to take another clear course, yet she continued doing everything she had been doing.

          “I have searched many places among many things. I have been so worried because I feel that I have lost what you asked for, but I have something in my hands. It is a backpack, and do you know what is there? A chest with a padlock, and in the backpack is the key. I opened it, and there are many sheets with letters. Your mother, who cannot read, does not know what they say!” the mother insisted. “I don’t know what is in those sheets full of letters,” she repeated. The woman then realized that this treasure was a chest she had kept to save everything she wrote in her adolescence. With mixed feelings, she sighed and laughed, and said to her mother, “I want you to keep those papers and send them to me so I can continue writing the story of my life.”

          Memories came; she remembered when her brother was born, during the most beautiful times of that little girl’s life. That little girl who became a mother to take care of that little boy and learned to love and hug with those slim arms. She sighed when she thought about how that boy was now a man. It was during that stage of her life when she left her childhood toys and games with her neighbors behind.

          Life gave her a 360-degree change because she went out to work to earn enough money to not have to borrow, just to be able to see her brother go to school, which was the most important thing for her. She felt obligated to be the eldest, feeling responsibilities that did not correspond to her, now she sees it that way. After her first day at work, she met her love, her “half lemon,” as she now says. Life circumstances were hard, yet she never stopped smiling and doing things for herself, like learning to type. She loved to listen to the keys. She dreamed of being a secretary, of being at a desk, of continuing to study. She loved to learn, and at that job, she was taught manners.

          Her great adventure began when she went to work in Morelos. She learned how to read the newspaper every day, how to hold cutlery, to use a wood cutter, to plane wood, and to load it onto a truck called Simón, which took the wood to the homes of the clients. Now, she thinks and laughs because that is why she was so short, from carrying children and wood at such a young age.

          A general played an important role in this girl’s life. Even though he scared her, she felt a closeness on his part that at times made her feel harassed. As she was a child, she did not understand what happened at that age; she only knew that obeying was the best thing to do.

          One day, on December 23rd, when she got home, she looked at him and asked her cousins who he was. One of them said, “The letter carrier,” as she called him. He was so tall and white-skinned. They would barter; she would help him pack the envelopes, and he would teach her how to cook, which by the way, he cooked deliciously. Now, at this age that I am, I can tell my daughter the story of where I learned to cook. Even so, the young girl worked like a camel. She would do extra things to earn more money that did not correspond to her, but she was kind and so she won the affection of that general, Papa Tito, as that little girl called him. Papa Tito gave her extra money to cut his gray hair, and she watched TV, which by the way, they played the news on channel 2. But as the general realized that she was always singing, he bought her a tape recorder. When he told her, “You can play music,” the little girl’s eyes lit up because she felt that they were giving her privileges, but no, it was not like that; it was only to keep her working so he could continue to insist on provocative things. A year went by, the girl already knew much more, he no longer tricked her with money, she was not so innocent, she knew where she was going, and when the teacher realized it, she told him, “Daddy, not with her, because she is going to leave and who is going to take care of the children.” When the young girl decided to continue studying, she told her daddy, and he told her, “Study, I will help you.” Even so, she talked with him, now I think that the paternal role was missing. Patricia gave her permission to work in the morning and study in the afternoon, so the schedule of that girl was from 6am to 6pm. She had an accomplice, and that was Juan, he told her, “I do the cooking, and you do the washing, and when the girl falls asleep, you pack me envelopes.” And so, she was doing more and more. When she was in high school, the young woman felt a lot of weight at work, her family, the children, the harassment was too much, so sometimes she preferred to sleep there with all that it implied. She gave herself the courage and so she took advantage of doing homework and sleeping to get up earlier. The young woman finished faster, and so she could study. With that, she gained the respect of the general, when she got good grades he told her, “You can become a lot in this life, you just need the support, and I will help you without asking for anything.” He was already starting to feel bad because he said, “You deserve more than my children, and I will leave you this house and my money, because I am going to die, I have cancer.” In the course of high school, the young woman began to meet many friends and in her mind to wander more beautiful things, that was LOVE, butterflies in the belly, that’s when her life began another clear course without stopping everything that entailed work, school, and now her half lemon, now I can say so. Her love met him after her great adventure to Morelos, to be exact on December 23rd when she got home she looked at him and asked her cousins who he is. One of them told me, and I was surprised to see him, my heart jumped a thousand, there was a big change since the last time I saw him, well the truth shocked me, he is handsome, of course, only that I had just arrived because he did not want to talk to me, but the next day, Christmas Eve, was our first meeting and if it was as I imagined, he went home, and I nervously received him. He was very kind and with that beautiful smile, I fell in love. He took my hand and told me, “Tonight you dance with me.” I said with a smile and everything, “Yes.”

          From that moment, everything changed. I was busy with many things, my life was beautiful, I had a boyfriend! I went to school, I worked, and helped at home. I started to rebel to go out dancing, I started to dress up, to paint myself, to make myself pretty for him, but someone got angry and made me like a sweet potato, that general was like a spark because someone was waiting for me to go to school, and he saw me pass by with him. After work, nothing existed anymore. But the saddest story of the young girl’s life began, for two years they were fine, but her family said, “You walk with that poor girl,” that was their torment, they had to hide and so they lasted for a while because his mother took him to another place and left her with only a letter and a flower. Her life fell to the ground, her love was gone, she ceased to exist, there was no one to support her emotionally, she stopped paying attention to school, and for the first time, decided not to work, she put as a pretext that her belly hurt, of course, it was love that hurt her, it hurt her heart, and so she began to leave everything. When 3 months passed, he came back, and they saw each other, they went to the dance, and they danced so much that it was the last dance of their lives. He left, and she found out that in Tijuana they were paying very well. She decided to leave; there were two things, one she did not want to be there any longer, they were memories that killed her, and the other was the need for money, her brother was going to kindergarten, and she knew that there were many more expenses, and she decided to fly.

          Lourdes Flores

          Escritora

          Mi nombre es María de Lourdes López Flores.
          Soy  mexicana del estado de Guerrero 
          Soy madre de tres hermosos tesoros pero sobre todo soy mujer, artivista, participo en el círculo de investigaciones particpativas y me apasiona escribir.
          Soy inmigrantre desde hace veine años en los Estados Unidos. 
          Mis intereses son la educación por un mundo mejor. 
          Luchamos por la igualdad y pertenezco al Centro de Cultura, Arte, Trabajo y Educación (CCATE)

            LA MONEDA (IV)

            RevarteColectiva · January 9, 2023 ·

            por Obed Arango Hisijara

            Locust Walk, University of Pennsylvania

            CAPÍTULO IV

            La colocó en la punta de su dedo índice e hizo una mueca, y dijo a quienes le acompañaban, — muy fina y elegante moneda, fue un emperador de papel, nunca logró sentarse cómodo en su trono, esa fue la clave del triunfo, no le dimos tregua, sabiamos que los franceses tarde o temprano le retiraría el apoyo. Escúchenme bien, el poder asi se obtiene y así se preserva, no hay que dar tregua al enemigo–. Devolvió la moneda a su caja de rape. El cuarto estaba tal cual Carlota lo había dejado. Después del triunfo de Juárez, El Castillo de Chapultepec se preservó con los grandes lujos con el que fue decorado. Juárez fiel a la austeridad republicana que sostuvo, despachó en Palacio Nacional y vivió en su casona de la colonia San Rafael, su sucesor Sebastian Lerdo de Tejada siguió el ejemplo de Juárez, e incluso inauguró un observatorio en el Castillo, pero igual no tocó las piezas de gran lujo, ni los cuartos. Pero Don Porfirio, no creía en la austeridad: Audaz, ambicioso, disciplinado, duro de carácter, despiadado con el enemigo, profesaba un amor profundo por México, pero no por el México que se descubría frente a sus ojos, sino por el México de su imaginación, un México que cada vez se pareciera más a Europa, a la Francia de sus sueños, y menos a los Estados Unidos. Así, Don Porfirio acomodó de manera intencional a sus habitantes en castas, favorecería a ciertos grupos, haría paz con otros, preservó el poder de quienes era necesario tener a su lado y explotó a quienes de manera indefensa no podían clamar por su vida. Silenció a quien interfirieron en su camino. Así se crearon las clases sociales poscoloniales de México, la clase política, la clase científica, la clase universitaria, la clase empresarial y comercial, la clase religiosa, estas quedarían intactas, y se verían beneficiadas siempre y cuando besaran el anillo del dictador. La modernización de México no sería gratis, se requerían manos y pies que lo levantaran al mínimo costo, estas serían las clases obreras y campesinas, México bajo Diaz vivió un sistema de esclavitud moderna. Quienes nacían en cuna pobre, morirían en la misma condición, y quienes tenían la fortuna de nacer en una de las clases empoderadas se moverían y navegarían entre ellas, el mismo sistema les protegería, pero la inmensa mayoría de México era pobre, y lo sigue siendo. Don Porfirio resumía un siglo de luchas en un modelo dictatorial en el que se conjuntaba la corrupción, el poder, y la modernización de un país. Cómo si Don Porfirio fuera conocedor de Hegel, sintetizaba los opuestos y la historia en si mismo, y sin saber, Don Porfirio marcó el camino y puso el ejemplo, él creo el modelo para toda la sarta de dictadores que albergaría la América Latina del siglo 20.

            Recuerdo que le dije a Ana cuando reflexionamos juntos en el tema — Niña, en Porfirio Diaz está la clave. Para entender a la junta militar que tomo tu patria, para entender a la línea de dictadores que se han impuesto–. 

            Don Porfirio decidió atesorar la moneda, – esa misma moneda que veo en mi mesa de dibujo–, él la valoró como una de sus pertenencias más preciadas, quizá como un recordatorio de lo efímero que puede ser un mandato cuando lo que se desea es marcar el rostro en una moneda. Pero lo de él no eran moneditas, sino dejar grandes construcciones faraónicas de las cuales hablarían siglos después. 

            Luz de oro

            — Todos estamos llenos de contradicciones Ernesto–. Me comentaba Ana mientras caminábamos al final de nuestra clase de “Historia de literatura latinoamericana”. — Así es, la pregunta es cuales son las nuestras y que tan terribles son. La pregunta es si habrá manera de sintetizarlas, reconciliarlas y hacer paz con ellas. La pregunta es el costo de las mismas–. Caminaremos en silencio por unos minutos por el paseo Locust que con sus robles en otoño crean una belleza multicolor, rojizos, magentas, verdes, y oro se posan sobre nuestras cabezas, mientras cruzamos el campus de la Universidad de Pennsylvania ignorábamos a todos quienes nos esbozaban una sonrisa que nos miraban como si fueramos brisa en el viento. Absortos uno en el otro, y tomados de la mano mostramos al mundo nuestra intimidad, nuestras palmas unidas era sanidad para nuestros corazones, para nuestra historia, sentirla a ella me hacía sentir vivo. Penn, como le llamamos de cariño, es un campus histórico de la primera universidad Ivy League del país que se ubica en el centro oeste de Filadelfia y en el que nuestras huellas e historia dejaban marcas leves imperceptibles en el adoquín histórico, recorríamos el campus siempre con alegría, nos daba paz estar juntos ahí, Penn se convirtió en un descanso para nuestros espíritus atormentados. Algunas veces entre los pequeños jardines que embellecen los laberintos del campus, buscábamos una banca, nos esconderíamos de todos, y buscaríamos la oportunidad para besarnos como si estuvieramos en uno de los parques de su natal Argentina o en la alameda central de la Ciudad de México, los labios de Ana eran suaves, los sentía en mi, su aliento me llenaba de vida, reíamos y platicabamos en la intimidad.  Ella pausaba y nos veríamos a los ojos y después continuaremos en un beso largo e inacabable como si fueramos un par de adolescentes que recién salían de la secundaria. Ambos adorabamos este campus universitario y lo sentíamos nuestra casa y nuestro refugio, nos estimulaba caminar frente a esos castillos educativos de piedra verde como: “The Houston Hall”, o el Castillo Rojo: “The Fisher Library”. Pero aun así ambos extrañábamos la libertad de nuestros jardines. Ana sabía a lo que me refería cuando después de unos momentos de anidarnos en un beso y un abrazo, sentados, rodeados de libros, y con mi cámara fotográfica al hombro, le decía, — qué fuera este el campus de Ciudad Universitaria y sus benditas islas donde se practica el deporte nacional–. Ana soltaría la carcajada, y diría — se a lo que te refieres… a echar novio–. Y continuamos besándonos ante la mirada de desaprobación de otros estudiantes que caminaban y descubrían nuestro rincón, no faltaba quien nos dijera: “Get a room”, — ¡Ah, benditas islas–.  Respondería yo en español.  Ana me picaba las costillas de manera picara y decía: – no te metas en problemas– reiríamos juntos y continuaríamos nuestro jugueteo eterno. Así es, a Ana la amo con ese amor eterno que solo se le puede profesar a una persona en esta vida, y ella era esa persona.

            Obed Arango Hisijara

            Obed es mexicano, ciudadano de la América Latina, artista visual y antropólogo. Director de CCATE y profesor de University of Pennsylvania.

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